“…pero al mismo tiempo percibía que iba creciendo en él la frustración, una ansiosa inquietud que se asemejaba demasiado al hambre, a la necesidad animal de afecto y compañía, del roce de una piel ardiente contra la suya, de una explosión de sexo feroz que consiguiera sacarle de su ensimismamiento y su melancolía. Morir de sexo para olvidar que estaba medio muerto.”
Rosa Montero en Instrucciones para salvar el mundo
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